© Rosendo López 

Rosa

       No cabían más historias desgraciadas en la vida de Rosa. Su rostro y su cuerpo reflejaban el azote incomprensible de una biografía marcada por los sinsabores, siempre con el viento de la mala suerte en contra.

        Me encontré de repente entre ella y su amiga Carla, las dos unidas por un destino que en ese momento era compartir las mismas adversidades en sus maltratadas vidas. Ellas se sentían como amigas (si por amistad se entiende mirarse de reojo). La desconfianza era sinónimo de lealtad entre tanta marginalidad. Una amistad devaluada era la manera de sobrevivir, formaba parte del precio para subsistir.

        Sus tonos de voz subieron súbitamente, cogiéndome desprevenido. Se gritaban y amenazaban. Yo, que estaba en medio, no me había visto nunca en una situación semejante. Mi trabajo en ese momento no incluía enfrentarme a tal ataque de violencia. Procuré poner cordura, pero era imposible. Opté por reclamar a la que consideraba más débil en la batalla dialéctica y con menos experiencia en esas grescas que se marchara.

      —Déjanos, mejor te vas, hablaré contigo en otro momento, ahora no hay otra forma de solucionar esto, —insistí hasta lograr, entre gritos y reproche de ambas, que Carla abandonara la sala.

Allí estaba, solo ante una vida malograda, ella con su boca desdentada, su cuerpo tatuado, con la rabia a flor de su piel. Esa era Rosa: perdida entre palabras, pasado, cárcel, calle y sin saber si podría con la vida o la vida con ella. Me senté en mi mesa. Ella de pie seguía gritando, repartía culpas de lo que acababa de pasar, a mí me tocó mi parte. Para ella, ninguna.

      —No voy a hablar hasta que no te calmes y te sientes. Estoy dispuesto a escucharte. Cuando estés en condiciones de compartir un rato conmigo, te prestaré atención.

      Como un animal enjaulado recorrió la estancia con sus gritos, hasta que poco a poco se fue acercando a la silla que la esperaba.

     —Respira un poco, —le dije —tengo tiempo. Bueno. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué has enloquecido de esta manera?

    —Ella ha tenido la culpa, es una niña mimada. No sabe de la vida, todos la protegen, no sabe cómo se vive en la calle.

Ilustración de Juan Hernández

       Siguió arremetiendo contra su amiga. Da igual lo que contara, lo que narrara, a Rosa el devenir solo le había enseñado que una defensa es igual al ataque continuo, incluso para conservar la amistad de Carla. Dejé que el silencio se hiciera en aquella habitación. Sentía su dolor viejo en mi piel, esperé un largo rato dejando que su monólogo fuera debilitándose.

        —¿Quieres que te ayude? Mi función en este trabajo no es aliviarte con tus problemas, aquí no estoy como terapeuta, estoy como monitor de actividades, pero creo que puedo echarte una mano.

     Entre silencio y silencio le expliqué algo sobre las flores de Bach. Por qué me dedicaba a ese tema y cuál era mi compromiso de ayuda a las personas. Fui un poco más lejos y le dije que, si quería, podía intencionarle una botella de agua. De esta manera yo tendría menos compromiso. Justificar ante los superiores un preparado de remedios a un usuario sería más complicado. Era un territorio marginado, no sabía qué podía pasar y desconocía si era adecuado de cara a los responsables actuar como lo estaba haciendo. En todo caso, mi decisión era aliviar su dolor, tomar agua podría ayudarla. Me miraba con los ojos empapados y con su desconfianza natural. Rosa recobró el aliento, me comunicó cuáles eran sus verdaderos problemas y me dijo que sería imposible que yo pudiera ayudarla. Era verdad, sus problemas eran de gran magnitud y escapaban a mi buena voluntad de echarle una mano. Le señalé como pude en qué consistía mi trabajo.

            —Te ayudará a estar más tranquila, tolerando mejor todo ese muro de imposibles que está delante de ti. Solo tienes que buscarte una botella de agua y tomarla, mañana me dices cómo estás.

        Aceptó, no tenía nada que perder. Le había siempre tocado las peores cartas en la partida de su existencia.

        Pasados unos días, Rosa me comentó ciertos cambios en sus dificultades. Habían tomado un matiz distinto a su favor, se abrían posibilidades de mejorar su situación. Días después, Carla me preguntó delante de Rosa si podía tomar lo mismo que su amiga. Tenía una serie de problemas que resolver. Comentó: «¿si a mi amiga le ha ayudado, a mí también puede ayudarme?»

            —Claro, Carla, probamos cuando tú quieras, le dije.

        Rosa me preguntó a los varios días:

            —¿Tú eres un chamán de esos?

            —No, Rosa, no soy del barrio de Schamann, soy de San Juan, aquí en Las Palmas.

       Nos reímos. Nos dimos un abrazo sabiendo los dos que su camino, con mucha certeza maldita, seguiría arrinconándola hacia la marginalidad. Al mes dejé de saber de ellas. Abandoné el trabajo, se me cumplieron los días. Supongo, deseo y quiero imaginar que la vida les ha dado tregua y una oportunidad para poner viento fresco y suerte a su favor.

Rosa y Carla son nombres ficticios de dos mujeres

a las que tuve el placer de conocer durante

mi trabajo en una conocida ONG

dedicada a la ayuda de las personas excluidas.

(Relato extraido del libro Hidroterapia emocional con base energética)