© Rosendo López 

La emoción de las flores

Pine

A lo largo de nuestra vida, en numerosas ocasiones,  la culpa nos acompaña grandes trechos de nuestra existencia.
Tomar decisiones siempre conlleva responsabilidad. En ellas puede estar el acierto o la equivocación con respecto a lo que debemos decidir. Esa responsabilidad es la que marca el detonante de la culpa. Si los resultados no son los que proyectamos desde el principio, nuestra responsabilidad se siente herida. Cuando nuestras previsiones no se han cumplido, nuestra duda se incrementa y puede aparecer la culpa causando el reproche continuo. Nuestro modelo de apreciación de la realidad se vuelve unidireccional, o es o no es lo que preveíamos. Se nos olvida, se nos escapa que vivimos tomando decisiones diarias, unas acertadas y otras no. Esas decisiones son las que nos hacen crecer. Cuando creemos que erramos y no somos capaces de valorar el aspecto del crecimiento personal que la decisión nos da, aparece la culpa.
La culpa es un veneno paralizante con potentes efectos. Si nos dejamos llevar por ella nos limitará el vivir y la percepción de la vida que hemos elegido. Llevar la culpa de compañera no es una buena elección porque desgasta nuestra autoestima y nos impide avanzar. La culpa, en definitiva, solo sirve para impedirnos aceptar que a veces acertamos y a veces erramos, pero eso es condición eterna y diaria de todo ser humano. Una cadena que tenemos que romper para crecer, es la culpa.

Para los que se culpan a sí mismos. Incluso cuando tienen éxito piensan que lo podrían haber hecho mejor, y nunca se contentan con sus esfuerzos o los resultados. Son muy trabajadores y sufren mucho de las culpas que se atribuyen a sí mismos. A veces si hay algún error es debido a otros, pero se atribuirán la responsabilidad incluso por eso.

Edward Bach